La Helada Negra

Esta es una película argentina cuya mención aquí no se justifica por el mero hecho de estar protagonizada por actores descendientes de alemanes del Volga ni haber sido filmada en una colonia habitada por ellos en la provincia de Entre Ríos. No, no se trata de algo pintoresco en el que una colectividad o una cultura luce sus colores en medio de una historia utilizada como excusa o vehículo para tal fin.

La Helada Negra (2016) pertenece a esa clase de cine que hace imposible las simplificaciones y las lecturas lineales. Mas bien habría que desistir de querer encontrar en ella atisbos de un retrato de los alemanes del Volga afincados en la Argentina, y abrirse en cambio a la riqueza de la historia y las imágenes, que admiten una multiplicidad de lecturas. Para decirlo más directamente: esta no es una película documental, y mucho menos comercial.

No obstante lo dicho, las películas que he visto de Maximiliano Schonfeld parecen establecer al lugar y a los actores (con su idiosincrasia, su cultura, su apariencia misma) en un lugar preponderante como trasfondo y generadores de la historia en buena medida. De hecho, muchos de los diálogos y escenas fueron decididos sobre la marcha por su director, mostrando sensibilidad hacia el paisaje y lo que expresan espontáneamente los actores no profesionales.

Así es como en los detalles sobre todo es donde uno puede identificar elementos que muestran rasgos de esta cultura a la que nos estamos refiriendo, aunque la película no busque hacer una representación de la misma. Y esos rasgos se evidencian aún más cuando irrumpe un personaje ajeno a ese mundo y se relaciona de diversas maneras con él.

En La Helada Negra podemos encontrar cierta continuidad con el primer largometraje de su director, Germania (2013), en cuanto a su forma de trabajo con actores no profesionales (también descendientes de alemanes del Volga) y la elección de paisajes similares. En lo que respecta a las temáticas que pretendo abordar en este blog podría decir que aquí concluye mi parte. Sólo queda recomendar la película no sin antes leer alguna de las excelentes y profundas críticas cinematográficas que han escrito especialistas en la materia.

Aquí reproduzco una de las críticas a la película:

LA TIERRA YERMA

Por Marcela Gamberini

Suspendido en el tiempo y anclado en un espacio preciso transcurre el cine de Schonfeld. La naturaleza, su fuerza, sus desvíos y sus transgresiones son el eje desde donde pueden verse y leerse sus películas. Esa naturaleza tan presente en esos pueblos de Entre Ríos se enmarca en el orden de la fisicidad del cine de Schonfeld tanto en La helada negra como en su película anterior Germania.

El espacio es puntual, un lugar en Entre Ríos, y está ligado a una comunidad (una aldea al decir de los personajes), pero más allá de la precisión del espacio, es el espacio de la naturaleza la protagonista. En este caso, vacas que mueren, plantas que no crecen, tejidos que se ennegrecen, incluso personas que no crecen, quebrados-como los tallos de las plantas, o impedidos, como los animales enfermos. La naturaleza, esa fuerza vital que puede ser a veces terrorífica, se alterna con los individuos, se mimetiza, se aúna en organismos enfermos, negros y necróticos. El fenómeno de la helada negra corroe no solo las superficies sino los interiores; esa imagen con la que se abre y se cierra la película es central: un ideograma de la escarcha, un dibujo de una huella, una célula cristalizada, el indicio de un hechizo, un tejido dañado, el rocío congelado. Esa imagen enigmática que gira y gira es el germen de esa helada que tomará como un tejido enfermo todo el pueblo, su naturaleza y sus habitantes.

En esos exteriores inmensos donde los cuerpos arman una coreografía irregular están los hombres solos sin mujeres. Hombres instintivos, rudimentarios, básicos que bailan entre ellos. Y por otro lado están las mujeres solas sin hombres, mujeres niñas, mujeres adolescentes. En el cruce, en el medio, en la intersección aparece una chica; de la nada, sentada en ese campo podrido, negro, vacío, yermo, tiene su aparición. Un perro – vitales en la película- la encuentra y con el perro el chico, un rubiecito frágil e inteligente, rudimentario y reflexivo.

El contraste es esencial: la chica llamada Alejandra ve, mira; sus ojos son su cara y también su cuerpo; es aquella que puede ver más allá. ¿Quién es? Quizás una santa, una oportunista, una hechicera, una mística, una mentirosa o tal vez solo sea una mujer que restablece el orden de lo femenino en esa comunidad de hombres rústicos. Puede ser que sólo sea la sensibilidad encarnada en el cuerpo de una niña mujer, quien llora, ríe, mira; quien puede “ver” y quien “sana”. Es el misterio, el enigma de lo femenino, que sobresale, en esa comunidad de hombres que son pura introspección, que rumian su soledad entre ellos, que la mastican y la escupen al campo abierto entre los animales enfermos y los árboles secos. Ellos son los que enferman con esa saliva el campo. Constituyen una coreografía de cuerpos masculinos, irregulares, alrededor de la chica, tentando a la seducción, llamando a la sexualidad y danzando con la sensualidad.

Las mujeres de la película son rubias, descendientes alemanes del Volga, de pelo lacio, de ojos celestes, de contextura frágil. Ellas son tímidas y extrañas, temerosas de la fuerza masculina. Frente a ellas Alejandra, esa “hechicera mentirosa” con altarcito incluido, es morena, de ojos negros, de pelo ensortijado que se viste como vieja; esta chica de algún modo las salvará de esa preeminencia masculina. Figura, cuerpo que entra en tensión con aquello que ya está establecido, ella logrará no solo que la naturaleza renazca, sino que los individuos –sobre todo los jóvenes- se junten entre ellos, desarmen una historia y armen otra; una historia nueva y diferente.

Maximiliano Schonfeld es un perfeccionista del plano. Sus encuadres son luminosos y certeros. Cada secuencia dura el tiempo exacto y a la vez cada plano ubica a los personajes: esas figuras-cuerpos se disponen en el centro, bañados por esa luz peculiar que no solo ilumina sino que oscurece y ese humo que no sólo es un ritual sino un producto de la naturaleza, un destello del fuego que la chica prende como parte de un ritual impreciso y extraño. Los cielos nublados, los campos yermos, los perros yendo y viniendo, los rostros de los hombres, los animales sueltos, la música alemana, el sonido de la naturaleza contribuyen a la forma narrativa de Schonfeld caracterizada por la elipsis y la sugerencia.

Como en Germania, el espacio en La helada negra se vuelve sensible; es una entidad física y tangible, acaso el verdadero protagonista que siempre es misterioso y enigmático (no menos que el personaje de Ailín Salas, cuya corporeidad es tan frágil como poderosa). El cine de Maximiliano Schonfeld pertenece a un orden diferente: la sensibilidad es central, donde el espacio es germen, donde las narraciones sugieren y no explican. Un cine que se deja ver con todo el cuerpo, más allá de los ojos, con los oídos atentos y con la tangibilidad de las imágenes a flor de piel.

Marcela Gamberini / Copyleft 2016

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